Os cuento esto porque la novela que traemos hoy aquí, utiliza todo eso (no en Madrid, sino en Pontevedra, ciudad en la que he estado y que, por cierto, también es gris) para contarnos una experiencia muy dura. El problema es que hay gente que no se reconoce y, por tanto, no le gusta la obra. No es mi caso. La novela se llama Comerás flores de Lucía Solla Sobral, publicada por Libros del Asteroide y la he leído con el grupo de lectura El Círculo de Papel de la iniciativa La Hermandad de la Tinta. Espero que os guste.
Meses después de la muerte de su padre y recién graduada, Marina conoce a Jaime, un hombre veinte años mayor que ella que irrumpe en su vida colmándola de atenciones y planes. En poco tiempo, su día a día da un vuelco: pasa de compartir piso con su mejor amiga Diana, de ir a conciertos y de salir de fiesta a instalarse en el cómodo apartamento de Jaime y cenar cada fin de semana en los mejores restaurantes.
Deslumbrada por la sofisticada vida adulta y el encanto de Jaime, quien también se gana a su familia, Marina se ve sumergida por completo en su mundo, comenzando a olvidar lo que la definía.
Con una prosa que oscila entre la delicadeza lírica y la crudeza visceral, Comerás flores, la novela debut de Lucía Solla Sobral, explora qué significa ser joven, madurar y construirse una identidad. Una novela sobre las distintas caras del amor y los espejismos de las relaciones desiguales, las dificultades del duelo y la amistad como refugio.
Galicia, en un momento incierto
El padre de Marina acaba de morir tras una enfermedad complicada y ella no sabe muy bien a dónde le lleva su vida. Ha conseguido trabajo después de graduarse en periodismo y, a pesar de que quería vivir sola, ha decidido mudarse con su amiga Diana y su perra Frida. En ese pantano del dolor sordo de la pérdida, conocerá a Jaime, un hombre mayor que ella que, sin darse cuenta, le ofrecerá lo que ella andaba buscando. O eso pensó la primera vez que lo vio.
Nos lanzamos así a una narrativa contemporánea que gotea dolor y que invita a pensar en la no ficción, aunque lo sea. Una experiencia narrada en primera persona en la que siguiendo el flujo de conciencia y de autonarrarse a uno mismo, seguimos los pasos de Marina, una joven de veintitantos que conoce a un hombre cuarenta años mayor que ella.
En este sentido, podíamos tener la tentación de pensar que la obra va de la crítica a una relación con diferencia de edad, pero no termina de ser del todo cierto. La obra nos cuenta cómo la ausencia de la pérdida, el seguir adelante sin verbalizar nos lleva a completar ese vacío con aquello que se le parece sin parecerlo. Marino no busca a su padre en la relación Jaime, porque sabe que eso no «debe» ser así, pero sí que busca todo aquello que cree que ha perdido: la admiración, la validación y la voluntad de reconocerla.
Fragmentando el arcoíris
Porque sí, al principio de la relación, para Marina todo es un arcoíris. Y esto a los lectores ya nos suena raro porque no hace tanto del fallecimiento de su padre, porque Marina no ha exteriorizado qué siente a ese propósito y porque la protagonista se nos ha mostrado como una persona desapegada por puro aburrimiento y desconocimiento de sí misma. O eso cree ella.
Aquí la autora conjuga las expectativas que creemos que los demás
tienen de nosotros con las cuestiones por las que creemos que hemos debido
pedir perdón y no lo hemos hecho. El cambiar de carrera a Periodismo, el no
sentirse lo suficientemente inteligente (o creer que había sido todo una fachada)
para terminar Filosofía, el no estar tan presente como ella cree que debería
haber estado; todo son cuestiones que
quedaron pendiente no solo con su padre sino con su familia también.
Sin embargo, la familia de Marina, como tantas otras, es de estas familias que callan y Marina, por haber nacido por accidente, entiende que tampoco puede requerir o necesitar más de lo que le han dado.
Lo exterior
Por ello, parece que Marina busca las cosas fuera del hogar. Parejas que terminan aburriéndola porque no le dan aquello que busca, sin saber ella qué es exactamente. Diana, su mejor amiga y con la que se muda por encima de sus deseos, ya que representa lo seguro, lo cómodo, quien le hace la vida fácil y le deja ser como ella quiere ser.
Y en estos dos polos y con la tristeza de la ausencia encuentra a Jaime. Este hombre mayor que ella, le ofrece todo lo que no ha terminado de encontrar dentro y fuera, la acogida en sus inquietudes, la validación que le ofrecía su padre y, desde luego, la admiración que nadie de su alrededor le ofrece porque se da por hecho.
A esto añadimos que Jaime no es un hombre estúpido, sabe qué tiene que decir y qué tiene que hacer para que Marina se enamore de él. Y podemos pensar, visto desde esta perspectiva, que el personaje de Jaime es una piraña que se dedica a esto, que no hay mayor interés que le saga la jugada, pero yo creo que no es así. Si nos enfocamos en Marina y sus carencias, también debemos mirar a Jaime y ver sus patrones. Lo que quiero decir es que pude ser Marina como cualquier otra y esto es descorazonador, pero desgraciadamente es la verdad (tanto en la novela, como en los Jaimes del mundo real).
El maltrato
Y sí la novela va de la pérdida, de la autonarración, pero, obviamente, va también del maltrato, del que nos dispensan y sobre el que nos dispensamos también a nosotros mismos. Lo genial, para mí, de la novela son dos cosas en este sentido.
La primera el estilo de exposición, la corriente de conciencia mezclada con narración al uso, hace que entendamos mucho mejor el revoltijo de pensamientos que tiene Marina en la cabeza. En el club comentaba alguna compañera que era una narración a veces inconexa y que no tenía sentido, pero es que creo firmemente que nosotros pensamos así, sobre todo cuando nos atenazan dos sentimientos: el miedo y la culpa.
La otra genialidad es cómo se expone el maltrato. Si leemos
el principio del libro, Jaime nos da mal
rollo, pero, en realidad no está pasando nada… bueno o está pasando todo.
Lo que percibimos de manera inconsciente es la manipulación, el aislamiento y,
cuidado, cómo el resto del mundo (fuera de Marina) lo acepta como algo normal, como
algo sobre lo que no hay que intervenir. Sin
embargo, una vez que este maltrato es evidente, nunca una mano levantada,
pero sí muchos silencios que dejan cicatrices; pasamos a ver cómo Marina comienza a automaltratarse, si es que
alguna vez no lo hizo, y lo verbaliza con lo físico porque es la mejor manera
que tenemos de entenderlo, aunque sabemos que ya antes su autopercepción era nociva para sí misma.
Empatía o moral
Yo no tengo ningún reparo en decirlo, a mí la novela me ha gustado mucho, a pesar de que lo he pasado fatal leyéndola porque la narrativa es muy potente y porque mi nivel de empatía con la protagonista era muy alto. Y esta es una de las cosas que no critico, pero sí que creo que hay que darle una vuelta.
Hay personas que me han dicho que
creen que no les va a gustar la novela porque no les toca, es decir, que a mí me gusta porque he sido una persona
maltratada (también por una persona mayor que yo) y mi autoconcepto es nefasto. Por otro lado, hay personas que dicen
que el estilo deja mucho que desear y que no entienden por qué el personaje actúa
como actúa. Y me vuelvo a preguntar, entonces me gusta porque algunas veces actúe como ella.
Creo que, si decidís leer la obra, hay que acudir a ella de dos maneras: con empatía y sin altura moral. Creo que no sabemos cómo actuamos en estas situaciones, ni siendo protagonistas ni estando alrededor, que no me he centrado en los secundarios, pero también tienen un repaso. Creo que la autora ha reflejado muy bien cómo todo tiene un por qué, cómo la ausencia y la tristeza nos lleva a caminos que, como dice la propia Marina, «yo sabía que había que evitar».
Os animo a leerlo, a reposarlo y a mirar alrededor. Creo que es una obra que os puede gustar.
El libro en el Bolsillo
Puedes adquirir el libro 👉: Comerás flores de Lucía Solla Sobral


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